jueves, 14 de mayo de 2015

Una noche en Skyrim

La susurrante noche bañaba con su oscuridad la apacible villa de Soledad cuando, el sonido de unos cascos, arrastrado por el viento, comenzó a filtrarse en la avenida principal. El hombre que se acercaba, fuertemente custodiado por las sombras, era indistinguible a simple vista. Envuelto en sus negros ropajes, avanzaba con cautela, a lomos de un corcel azabache, mientras el embriagador aroma a lavanda se arremolinaba a su paso, envolviendo sus sentidos.
  Al llegar a la altura de la posada El Enano Sediento, se desvió a su derecha por un estrecho callejón y se apeó ágilmente de su montura en completo silencio. Tras atar las riendas a un poste que sobresalía del edificio contiguo, se volvió para observar con más atención la edificación de piedra junto a la que se encontraba. Recorrió con su mirada la irregular superficie, hasta que se vieron reflejadas las estrellas en sus enigmáticos ojos.
  Súbitamente, surgidas de la penumbra, unas curtidas manos se asieron con firmeza a la fría roca, al tiempo que el hombre iniciaba su ascenso por la escarpada pared. El tenue resplandor de la luna menguante iluminaba sus fornidos brazos, ahora al descubierto, perfilados sutilmente en la penumbra. Ascendía sistemáticamente, con la rapidez de alguien con años de experiencia, aferrándose sin vacilar a cada relieve.
  Una vez remontada la pared, se agarró con ambas manos al contrafuerte y subió al tejado en un único y rápido movimiento. Inspeccionó brevemente la estructura desde su nueva perspectiva en busca de alguna debilidad que pudiera aprovechar para acceder a su interior.
  De pronto, un repentino alboroto atrajo su atención. Se aferró instintivamente a la empuñadura de su espada, oculta bajo la túnica. Dos borrachos salían dando tumbos, riendo y gritando. Aguardó agazapado en el tejado. Al acecho, amparado por la oscuridad. Aquellas voces incoherentes no tardaron en diluirse en la distancia, en la espesa negrura.
  Reanudó su búsqueda con destreza felina. Se movía con la armoniosa belleza de una brizna de hierba mecida por el viento. Con la sutileza de un susurro. Tras recorrer rápidamente el tejado, localizó una ventana con los postigos abiertos en un extremo del edificio. Miró fugazmente por la abertura y se precipito en su interior.
  Se encontraba en una pequeña habitación, con varios muebles y un camastro. Un intenso olor a alcohol impregnaba la vacía estancia. Se acercó sigilosamente a la puerta. Estaba cerrada con llave. Extrajo un pequeño cuchillo plateado de su bota con el que no tardó en forzar la cerradura.
  Abrió ligeramente la puerta, entornando sus ojos hasta acostumbrarlos a la iluminación del pasillo. Tras comprobar que estaba desierto, salió con cuidado, recorriéndolo hasta llegar a unos estrechos escalones de madera que bajaban a la primera planta. Descendió por ellos con suavidad, sin llegar a arrancarles ningún crujido quejumbroso.
  Ya abajo, se encontró en una sala de grandes proporciones. Había varias mesas lustrosas, media docena de sillas apiladas y diversas estanterías con todo tipo de licores.     Todo estaba pulcramente ordenado y en calma. Se encaminó al tablero desde donde el posadero atendía a los huéspedes. Lo inspeccionó cuidadosamente hasta encontrar el libro de cuentas. Lo cogió y comenzó a pasar páginas apresuradamente hasta localizar la entrada que estaba buscando: la penúltima. Tomó nota mental de su ubicación y cerró el tomo, dejándolo en su lugar para luego remontar de nuevo el ascenso por la tortuosa escalera.
  Vagó por los pasillos del primer piso hasta encontrar la habitación que estaba buscando. Ya ante su puerta, aguzó el oído asegurándose de que su presencia allí pasaba desapercibida. Extrajo de nuevo el cuchillo de su bota y se dispuso a forzar la entrada. El único sonido apenas audible que se escuchó, fue el leve chasquido de la cerradura al abrirse. Entró en la habitación como la bruma invernal, cerrando la puerta tras de si. Volvía a encontrarse en la penumbra, amparado por las sombras.
  La habitación constaba de dos dependencias conectadas entre si. Se encontraba en la sala de estar, que únicamente disponía de varios muebles, un par de sillas y una mesa. Frente a él había una puerta, tras la cual se hallaba su objetivo, que esperaba encontrar durmiendo.
  Se aproximó lentamente, escrutando la oscuridad. Empujó ligeramente el postigo y este se abrió parcialmente. Distinguió una cama vacía, iluminada por la exigua luz de un candil. Junto a ella, había una mujer cómodamente recostada en un sofá de piel, completamente absorta en la lectura de un pesado libro que sostenía en su regazo.
  Entró lentamente en la estancia, en completo silencio pero con determinación. El contorno de su cuerpo comenzó a materializarse sutilmente a medida que se adentraba en el radio que abarcaba la mortecina iluminación.
  La hermosa mujer no tardó en reparar en su presencia. Quedó momentáneamente paralizada. Sus facciones congeladas en un rictus de sorpresa, mientras un repentino escalofrío recorrió súbitamente su espalda. El fugaz destello proveniente del metal que el misterioso hombre tenía en su mano no pasó desapercibido ante sus despiertos ojos. De pronto su aliento se extinguió y el tiempo se detuvo.
  Fue el hombre quien habló. Con su voz grave y un peculiar acento norteño.
  -He sobrevivido a cientos de batallas, me he enfrentado a un sin fin de peligros y he burlado a la muerte en incontables ocasiones. –Se acercó más a ella-. Pero todo eso no es nada, comparado con el suplicio que supone estar lejos de ti, amada mía.
  -Recibí tu mensaje –contestó la mujer con patente preocupación -. Estaba muy asustada. Qué ha pasado, por qué querías que nos viéramos aquí, lejos de nuestro hogar?
  -He desertado –se justificó -. Considero que mi deuda con el imperio ha quedado sobradamente saldada, y el cauce que han tomado los acontecimientos en la guerra no ha hecho más que reafirmar mi decisión. –Su mirada se endureció -. La corrupción se extiende por doquier entre las filas de la legión. Ya no hay honor. Ya no hay justicia.
  -Y qué vamos a hacer ahora? Deben de estar buscándote.
  -En efecto –confirmó él -. Aunque, he reunido muchas riquezas en mis viajes y aventuras. No te preocupes, de un modo honrado. Huiremos lejos de esta tierra, viviremos donde queramos y como queramos. No tenemos mucho tiempo amor mío. Debemos partir esta misma noche. –Se interrumpió brevemente -. Pero antes, hay algo que me gustaría decirte.
  La mujer sonrió con perspicacia.
  -Este es el aro de Tarsis –dijo mostrando la pulsera que sostenía en su mano -. Me fue otorgado al librar la ciudad de un prolongado asedio durante la guerra del Martillo. Me sentiría muy honrado si decidieras aceptarlo como muestra de nuestro amor imperecedero.
  -Yo lo acepto, y prometo llevarlo con orgullo mientras viva. Que la diosa Mara sea testigo de nuestra unión, y que nos bendiga con su gracia –contestó la mujer al tiempo que se ajustaba el abalorio en su muñeca.
  La mujer lo miró con ternura, mientras una dulce sonrisa se dibujaba en su rostro.
  -Te he echado mucho de menos, cariño mío –susurró, rodeándolo con sus esbeltos brazos.

  Ambos se fundieron en un estrecho abrazo, besándose apasionadamente. Aunque no había mucho tiempo para la ternura, pues estaban a punto de embarcarse en una peligrosa aventura. Su viaje estaba a punto de comenzar.

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