La susurrante noche bañaba con su
oscuridad la apacible villa de Soledad cuando, el sonido de unos cascos,
arrastrado por el viento, comenzó a filtrarse en la avenida principal. El
hombre que se acercaba, fuertemente custodiado por las sombras, era
indistinguible a simple vista. Envuelto en sus negros ropajes, avanzaba con
cautela, a lomos de un corcel azabache, mientras el embriagador aroma a lavanda
se arremolinaba a su paso, envolviendo sus sentidos.
Al llegar a la altura de la posada El Enano Sediento, se desvió a su
derecha por un estrecho callejón y se apeó ágilmente de su montura en completo
silencio. Tras atar las riendas a un poste que sobresalía del edificio contiguo,
se volvió para observar con más atención la edificación de piedra junto a la
que se encontraba. Recorrió con su mirada la irregular superficie, hasta que se
vieron reflejadas las estrellas en sus enigmáticos ojos.
Súbitamente, surgidas de la penumbra, unas curtidas manos se asieron con
firmeza a la fría roca, al tiempo que el hombre iniciaba su ascenso por la
escarpada pared. El tenue resplandor de la luna menguante iluminaba sus fornidos
brazos, ahora al descubierto, perfilados sutilmente en la penumbra. Ascendía
sistemáticamente, con la rapidez de alguien con años de experiencia, aferrándose
sin vacilar a cada relieve.
Una vez remontada la pared, se agarró con ambas manos al contrafuerte y
subió al tejado en un único y rápido movimiento. Inspeccionó brevemente la
estructura desde su nueva perspectiva en busca de alguna debilidad que pudiera
aprovechar para acceder a su interior.
De pronto, un repentino alboroto atrajo su atención. Se aferró
instintivamente a la empuñadura de su espada, oculta bajo la túnica. Dos
borrachos salían dando tumbos, riendo y gritando. Aguardó agazapado en el
tejado. Al acecho, amparado por la oscuridad. Aquellas voces incoherentes no
tardaron en diluirse en la distancia, en la espesa negrura.
Reanudó su búsqueda con destreza felina. Se movía con la armoniosa
belleza de una brizna de hierba mecida por el viento. Con la sutileza de un
susurro. Tras recorrer rápidamente el tejado, localizó una ventana con los
postigos abiertos en un extremo del edificio. Miró fugazmente por la abertura y
se precipito en su interior.
Se encontraba en una pequeña habitación, con varios muebles y un
camastro. Un intenso olor a alcohol impregnaba la vacía estancia. Se acercó
sigilosamente a la puerta. Estaba cerrada con llave. Extrajo un pequeño
cuchillo plateado de su bota con el que no tardó en forzar la cerradura.
Abrió ligeramente la puerta, entornando sus ojos hasta acostumbrarlos a
la iluminación del pasillo. Tras comprobar que estaba desierto, salió con
cuidado, recorriéndolo hasta llegar a unos estrechos escalones de madera que
bajaban a la primera planta. Descendió por ellos con suavidad, sin llegar a
arrancarles ningún crujido quejumbroso.
Ya abajo, se encontró en una sala de grandes proporciones. Había varias
mesas lustrosas, media docena de sillas apiladas y diversas estanterías con todo
tipo de licores. Todo estaba
pulcramente ordenado y en calma. Se encaminó al tablero desde donde el posadero
atendía a los huéspedes. Lo inspeccionó cuidadosamente hasta encontrar el libro
de cuentas. Lo cogió y comenzó a pasar páginas apresuradamente hasta localizar
la entrada que estaba buscando: la penúltima. Tomó nota mental de su ubicación
y cerró el tomo, dejándolo en su lugar para luego remontar de nuevo el ascenso
por la tortuosa escalera.
Vagó por los pasillos del primer piso hasta encontrar la habitación que
estaba buscando. Ya ante su puerta, aguzó el oído asegurándose de que su presencia
allí pasaba desapercibida. Extrajo de nuevo el cuchillo de su bota y se dispuso
a forzar la entrada. El único sonido apenas audible que se escuchó, fue el leve
chasquido de la cerradura al abrirse. Entró en la habitación como la bruma
invernal, cerrando la puerta tras de si. Volvía a encontrarse en la penumbra,
amparado por las sombras.
La habitación constaba de dos dependencias conectadas entre si. Se encontraba
en la sala de estar, que únicamente disponía de varios muebles, un par de
sillas y una mesa. Frente a él había una puerta, tras la cual se hallaba su
objetivo, que esperaba encontrar durmiendo.
Se aproximó lentamente, escrutando la oscuridad. Empujó ligeramente el
postigo y este se abrió parcialmente. Distinguió una
cama vacía, iluminada por la exigua luz de un candil. Junto a ella, había una
mujer cómodamente recostada en un sofá de piel, completamente absorta en la
lectura de un pesado libro que sostenía en su regazo.
Entró lentamente en la estancia, en completo silencio pero con
determinación. El contorno de su cuerpo comenzó a materializarse sutilmente a
medida que se adentraba en el radio que abarcaba la mortecina iluminación.
La hermosa mujer no tardó en reparar en su presencia. Quedó
momentáneamente paralizada. Sus facciones congeladas en un rictus de sorpresa,
mientras un repentino escalofrío recorrió súbitamente su espalda. El fugaz
destello proveniente del metal que el misterioso hombre tenía en su mano no
pasó desapercibido ante sus despiertos ojos. De pronto su aliento se extinguió
y el tiempo se detuvo.
Fue el hombre quien habló. Con su voz grave y un peculiar acento norteño.
-He sobrevivido a cientos de batallas, me he
enfrentado a un sin fin de peligros y he burlado a la muerte en incontables
ocasiones. –Se acercó más a ella-. Pero todo eso no es nada, comparado con el
suplicio que supone estar lejos de ti, amada mía.
-Recibí tu mensaje –contestó la mujer con
patente preocupación -. Estaba muy asustada. Qué ha pasado, por qué querías que
nos viéramos aquí, lejos de nuestro hogar?
-He desertado –se justificó -. Considero que
mi deuda con el imperio ha quedado sobradamente saldada, y el cauce que han
tomado los acontecimientos en la guerra no ha hecho más que reafirmar mi
decisión. –Su mirada se endureció -. La corrupción se extiende por doquier
entre las filas de la legión. Ya no hay honor. Ya no hay justicia.
-Y qué vamos a hacer ahora? Deben de estar
buscándote.
-En efecto –confirmó él -. Aunque, he reunido
muchas riquezas en mis viajes y aventuras. No te preocupes, de un modo honrado.
Huiremos lejos de esta tierra, viviremos donde queramos y como queramos. No
tenemos mucho tiempo amor mío. Debemos partir esta misma noche. –Se interrumpió
brevemente -. Pero antes, hay algo que me
gustaría decirte.
La mujer sonrió con perspicacia.
-Este es el aro de Tarsis –dijo mostrando la
pulsera que sostenía en su mano -. Me fue otorgado al librar la ciudad de un
prolongado asedio durante la guerra del Martillo. Me sentiría muy honrado si
decidieras aceptarlo como muestra de nuestro amor imperecedero.
-Yo lo acepto, y prometo llevarlo con orgullo
mientras viva. Que la diosa Mara sea testigo de nuestra unión, y que nos
bendiga con su gracia –contestó la mujer al tiempo que se ajustaba el abalorio
en su muñeca.
La mujer lo miró con ternura, mientras una
dulce sonrisa se dibujaba en su rostro.
-Te he echado mucho de menos, cariño mío
–susurró, rodeándolo con sus esbeltos brazos.
Ambos se
fundieron en un estrecho abrazo, besándose apasionadamente. Aunque no había
mucho tiempo para la ternura, pues estaban a punto de embarcarse en una
peligrosa aventura. Su viaje estaba a punto de comenzar.
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