Ésta es la historia de un joven
adolescente de 16 años llamado Javi, cuya vida hasta el momento le había traído
más tristezas que alegrías. A su edad ya conocía sobradamente los peligros que
se esconden en los rincones de una gran ciudad. Había reído tanto como
cualquier otro chico de su edad, pero había sufrido más que la mayoría. Sus
padres estaban en proceso de separación y las continuas discusiones domésticas
estaban a la orden del día. También conocía perfectamente la oscura corrupción
que puede alojarse en el corazón de una persona, y había aprendido a convivir
con la suya propia. Aunque esa parte oscura ocupara un espacio minúsculo en su
corazón.
Había estado enamorado en tres ocasiones y solo en una de ellas había
conseguido arrebatarle un beso a una joven muchacha. Pero hacía tanto de de
aquello que apenas se había convertido en un vago recuerdo. Aún y con todo,
todavía desconocía el significado de la palabra amor.
Su vida en el instituto era emocionalmente diversa. Se movía en un
amplio círculo de amistades que lo apreciaban y respetaban por igual. Su
aspecto era como el de muchos otros adolescentes por aquel entonces, aunque era
transversalmente diferente al de sus compañeros de clase. Llevaba el pelo
rapado y solía vestir con ropa de corte militar. Siempre encontraba alguna
excusa para calzarse su entonces flamante
Alpha Industries que solía combinar con pantalones Addidas o tejanos
azules no demasiado ajustados. No era especialmente apuesto, y a pesar de su
apariencia llevaba siempre consigo una nada desdeñable colección de chistes y
comentarios ingeniosos que contagiaban su buen humor a todo aquel que se le
acercaba. Le resultaba muy sencillo arrancarle una sonrisa a cualquiera por muy
decaído que pudiera estar. Pero por desgracia, eso no bastaba para atraer la
atención del sexo opuesto. Y su indumentaria, junto con su inevitable atracción
por los problemas no facilitaba precisamente la tarea.
A pesar de todo, era un chico colmado de bondad. Algo que era muy
sencillo percibir por aquellos que lo conocían realmente, puesto que siempre
que estaba en su mano se prestaba a ayudar a quien pudiera necesitarlo. Esta
irrefrenable y a veces irracional costumbre le había granjeado la amistad de mucha
gente, pero al mismo tiempo le había traído muchos problemas, al inmiscuirse en
asuntos ajenos. A pesar de no ser excepcionalmente valiente, no habían sido
pocas las veces que había acudido en ayuda de alguien que se hallaba en apuros,
aunque fuera evidente que las consecuencias irían en su propio detrimento. No
solo no soportaba las injusticias, sino que el simple hecho de presenciarlas
disparaba un resorte en su mente, que le hacía instintivamente actuar.
Era precisamente esta, en apariencia, ausencia de miedo la que de forma
casual le había llevado a relacionarse con diversos delincuentes juveniles de
condición muy dispar, y al mismo tiempo era la razón de que muchos en su
instituto lo respetaran y, en algunos casos, lo temieran.
Pero su vida no estaba precisamente plagada de relatos heroicos. Él
mejor que nadie sabía lo que era sentirse humillado. Se había metido en más
peleas de las que era capaz de recordar, muchas de las cuales las había
perdido. Y el recuerdo de estos hechos fue principalmente lo que le llevó a no
deshacerse de aquellas amistades de cuestionable valor. Era plenamente
consciente de que a pesar de que la lealtad que le profesaban pudiera estar en tela de juicio, podían serle
de utilidad llegado el momento. Y a poco menos de dos meses de sus vacaciones
de verano ocurrió algo que le hizo pensar fugazmente que podría haber llegado
ese temido momento. Las circunstancias concretas que llevaron al desenlace
final son algo confusas, pero en esencia se reducen a una serie de reiteradas
provocaciones y desplantes realizadas por un chico dos años mayor, llamado
Alan.
Alan era un joven bastante atractivo de 18 años. Era rubio, con ojos
azul cielo y una forma física envidiable. Era conocido por su actitud altanera
y por su dominio de las artes marciales, algo que exhibía con frecuencia en el
patio del instituto. El respeto que se había ganado nuestro joven protagonista
en el instituto no le había pasado desapercibido a Alan, que llegado el
momento, se había auto-impuesto la tarea de humillarle y desacreditarle
públicamente. Para ello se valía de sutiles provocaciones y de comentarios
jocosos oportunamente dirigidos.
Javi también tenía cierta habilidad para la lucha, pero era consciente
de que no era suficiente para poder enfrentarse abiertamente a Alan con
garantías de éxito. A pesar de todo, no podía permitir que esa situación se
prolongara y se convirtiera en una costumbre, por ese motivo una templada
mañana primaveral decidió firmemente atajar la situación de forma abrupta, a
pesar de las consecuencias que pudiera acarrearle.
Siendo consciente de su inferioridad física, principalmente debida a la
edad, aquella mañana decidió esconder un enorme cuchillo de cocina junto a sus
libros, en la mochila. Evidentemente no tenía intención de utilizarlo para
herir a nadie, pero esperaba poder amedrentar de forma definitiva a su
oponente. Con esa idea fija en sus pensamientos y no sin cierto temor, Javi se
dirigió aquella mañana al instituto. La primera hora paso más rápido de lo que
pudo percibir, pues su mente vagaba errática por inciertos senderos. Una vez
llegó la hora de la pausa, salió al patio sin perder el tiempo en
conversaciones y en cuanto tuvo oportunidad, se acercó con decisión al
encuentro de su confiado enemigo.
Lo encontró en el patio, junto a una pared, con la espalda y la planta
del pie derecho apoyados en la misma. Recorría con la mirada los alrededores
como si fuera el dueño del lugar. Su mirada se centro entonces en el chico que
se le acercaba y pareció sorprenderle que se dirigiera directamente hacia él.
Javi modificó ligeramente su trayectoria de forma que pasara junto al otro
chico, y cuando estuvo lo suficientemente cerca habló resueltamente.
-Espérame fuera cuando acaben las clases, si te atreves – Fue lo único
que le dijo. Y ante la mirada de estupefacción de Alan se alejó con paso firme.
Las horas siguientes la noticia se había extendido con increíble rapidez
y para cuando llegó la hora, ya lo sabía todo el instituto. Todos habían estado
esperando ansiosos la finalización de las clases para presenciar el enfrentamiento,
todos menos Javi. De haber tenido opción, habría preferido estar en cualquier
otro lugar antes que enfrentarse abiertamente a alguien que le doblaba en masa
muscular, y probablemente en técnica.
Según algunos el desenlace era incierto. Las habilidades que Alan
mostraba con frecuencia le dotaban de especial interés al conflicto, pero por
otra parte, las inquietantes amistades que se esperaba que Javi trajera lo
convertían en un hecho de enorme interés que no se pensaban perder.
En contra de lo que todos pensaban, Javi solo había llamado a un amigo,
pues no tenía ninguna intención de pelear, y su única finalidad era infundirle
suficiente miedo a Alan como para que dejara de molestarle. Realmente, de
habérselo propuesto, podría haber traído a suficiente gente como para intimidar
a Alan y al instituto entero, incluyendo a los propios profesores. Pero sabía haber
actuado así habría sido excesivo, y también que la policía habría acudido rápidamente y en el
mejor de los casos, su expulsión del instituto estaba más que garantizada.
Además, no era aconsejable pedirle favores a según que personas, si no era
realmente necesario. Lo que pensaba hacer era igualmente arriesgado, pero
estaba convencido de que las consecuencias serían en comparación, mucho menores.
Llegado el momento, la finalización de las clases había convertido la
entrada del instituto en una concentración de gente suficientemente importante
como para que cruzar la calle resultara una tarea imposible. Y habría sido una
tarea imposible para Javi, de no ser porque la gente se apartaba a su paso.
Algunos lo miraban con reverencia, esperando una actuación triunfal que acabara
con la actitud chulesca de Alan. Otros lo observaban con desdén, como si verse
envuelto en semejante embrollo fuera algo demasiado estúpido como para merecer
su aprobación. Solo unos pocos lo observaban con lástima, temiendo un fatídico
desenlace que finalizara con unos cuantos huesos rotos y el sonido de la sirena
de una ambulancia.
Lo que pasaba por la mente de Javi en ese preciso instante es imposible
saberlo con certeza. Si sentía temor o dudas lo disimulaba con increíble
eficiencia. Y ante la mirada expectante de decenas de personas, se dirigió
sosegada pero resueltamente hacia su inevitable encuentro con el destino que le
esperaba a solo unos metros de el.
Cuando estaba a poca distancia de Alan, distinguió entre la gente a la
persona a la que había llamado aquella mañana. Su enorme estatura y
constitución destacaban entre la gente. Los más de dos metros de altura que
medía no pasaban desapercibidos para nadie. Se lo conocía por Gigi, aunque no
era ese su verdadero nombre.
Ambos se miraron fugazmente a los ojos. No fueron necesarias palabras
para que supieran lo que debían hacer. Gigi se colocó junto a su amigo, a la
vez que Javi recorría los metros que le faltaban hasta situarse frente a Alan.
Una vez allí, plantado ante el, se percató con gran sorpresa y cierto temor de
que Alan tampoco venía solo. Toda aquella gente que estaba a su lado no venía
únicamente a mirar. Junto a él había cerca de veinte chicos de su misma edad,
dispuestos aparentemente a enfrentarse a lo que hiciera falta. A su lado
estaban la mayor parte de sus compañeros de clase. Todos ellos miraban
severamente al chico que acababa de llegar con la intención de intimidarle.
Javi dejó en el suelo la mochila que llevaba colgada al hombro, saco
pecho y miró de forma sostenida y muy intensa a Alan a los ojos. En su mirada
no había ni rastro de miedo o dudas. Sus ojos únicamente desprendían ira y odio.
Era una mirada estudiada que había desarrollado tras tiempo relacionándose con
gente de la peor calaña. Y así permaneció durante unos interminables segundos
que parecieron minutos. La calle atestada de gente se vació de pronto de todo sonido,
creando un silencio totalmente antinatural en aquellas circunstancias. Únicamente
la voz de Alan rompió el silencio.
-Eres muy chulito, chaval –Dijo, mostrando una sonrisa desdeñosa.
-Y tú eres un cobarde –Contestó Javi, casi sin pensar.- Te metes con un pavo
dos años más pequeño y además te traes a toda esta peña. De qué tienes miedo?
Durante breves momentos el silencio volvió a adueñarse de la calle,
envolviéndolos a ambos. La cara de Alan mostró sorpresa, luego vergüenza y por
último rabia. Varios de los amigos que lo acompañaban se miraron entre si, y
justo cuando estaba a punto de responder, Javi se le adelantó.
-Te advierto una cosa. –Dijo de pronto, imprimiendo en sus palabras toda
la seguridad y convicción de la que fue capaz- Como vuelvas a meterte conmigo,
te rajo.
El miedo pudo verse perfectamente reflejado en el semblante de Alan. Y
en un último esfuerzo aparentemente titánico, intentó por segunda vez articular
una respuesta. Pero esa vez tampoco pudo emitir ningún sonido audible. En el
preciso instante en el que estaba a punto de hablar, Javi dio un paso al frente
sin dejar de mirarlo con seriedad. Alan retrocedió instintivamente y en un acto
inconsciente miro a ambos lados, buscando algún signo de apoyo en sus amigos. Nadie
se movió.
Pese a que el rostro de Javi formaba una máscara imperturbable, le
alivió enormemente comprobar que había dado en el clavo. Pese a toda su
fanfarronería, sus habilidades marciales y su desbordante chulería, Alan no era
más que un cobarde. Y fue en aquel preciso momento cuando el joven muchacho
comprendió qué lo que hace peligrosa a una persona no es la fuerza de sus
brazos, sino la convicción de sus creencias y la irracionalidad de sus
acciones.
Concluyendo que ya no hacía falta añadir nada más, Javi cogió su mochila
y volvió a colgársela al hombro. Sin mediar palabra volvió a mirar al otro
chico a los ojos, dio media vuelta con exagerada lentitud y se alejó sosegadamente,
con la misma serenidad con la que había llegado, seguido por Gigi y ante la
mirada de estupefacción de todos los presentes.
Podían distinguirse muchas caras de decepción entre la gente.
Probablemente era debido a la ausencia de acción, pero a pesar de ello Javi pudo
notar sobre si muchas miradas de aprobación y de admiración, lo que ensanchó su
orgullo considerablemente.
Al parecer, temiendo una inminente reyerta, algún profesor había llamado
a la policía, que llegó tiempo después de que el tumulto se hubiera dispersado,
mucho después de que Javi y Alan hubieran abandonado el lugar. Justo en el
preciso momento en el que ya no era necesaria su presencia.
Javi recorría la calle contigua al instituto acompañado de su amigo. Le
temblaban ligeramente las piernas y sentía una indescriptible sensación de
alivio. En ese momento, todos sus esfuerzos estaban centrados en disimular esas
emociones y en mantener un semblante de impasibilidad.
-Lo has acojonado de la hostia –Dijo Gigi con un tono jocoso en la voz.
-Hablaba en serio –contestó Javi mientras extraía parcialmente el enorme
cuchillo de cocina de su mochila.
-Estás loco –Atinó a decir su amigo, sonriendo tras la impresión
inicial.
Ambos se dirigieron al Gredos, un bar donde se juntaban los estudiantes
del instituto para aliviar la tensión de los exámenes, o simplemente donde iban
a pasar el rato en alguna fortuita escapada durante las clases. Se tomaron unas
cervezas y se jactaron de lo que habría ocurrido si hubieran traído más gente.
Rieron con ganas valorando la posibilidad de que Alan pudiera haberse meado en
los pantalones.
Poco después llegaron los compañeros de instituto de Javi. No escatimaron
en elogios y en comentarios sobre las diversas y divertidas caras que había
puesto Alan durante el breve encuentro. El agradable ambiente ayudó a disipar
la tensión acumulada en el cuerpo de Javi y al cabo de poco tiempo ya no había
ni rastro de ella. Para entonces, las
risas y las bromas reinaban en toda la estancia mientras el camarero se afanaba
por satisfacer a sus múltiples clientes.
-Y que habrías hecho si se te hubieran tirado todos encima? –Preguntó
Dani con un tono de duda e inquietud en la voz.
-A alguno me habría llevado por delante –Respondió Javi muy serio,
mientras sacaba el imponente cuchillo de la mochilla con un rápido movimiento,
haciéndolo rotar hábilmente sobre el mango.
Dani lo miró sin saber que decir. El bronceado tono de su piel parecía
haber perdido color de repente.
Esa misma tarde. Javi disfrutaba de la apacible tranquilidad reinante en
su casa, y se relajaba fumando un cigarro apoyado en la barandilla del balcón,
mientras su mirada contemplaba abstraída el horizonte. A lo lejos podía verse
el mar, junto a tres grandes chimeneas semejantes a tres altas torres.
Al mismo tiempo, y a bastante distancia de allí, Gigi caminaba
apresuradamente junto a otro chico, que se hacía llamar Capi. Su porte decidido,
su fiero aspecto y su profunda e inquietante mirada hacían que más de uno se cambiara
de acera nada más verlo venir a lo lejos. No era tan alto como su amigo, pero
su metro ochenta y cinco de estatura, unido a su intimidante apariencia, no
invitaban a acercarse a él.
Se dirigían a El Corte Inglés con la intención de birlar algo que
estuviera a mano y fuera lo suficientemente pequeño como para poder sacarlo de
allí sin ser vistos. A poca distancia de su objetivo, el destino quiso que se
encontraran de frente con Alan, que estaba sentado en unas escaleras junto a
otro chico. Capi ya estaba al corriente de lo ocurrido esa misma mañana, y solo
le bastó que Gigi le informara de quién era aquel chico sentado frente a ellos
para saber que debía hacer. Se dirigió rápidamente y con decisión hacia Alan y
se planto a pocos centímetros de su cara.
-Tú eres Alan? –Dijo con la mirada extraviada de alguien que no está
plenamente en sus cabales.
-S..sí –Contestó Alan, sin poder disimular el temor en su voz al
reconocer la imponente figura de Gigi a su lado.
-Tú no sabes con quien te metes –Le espetó con un tono entre el enfado y
la burla –El Buti está to grillao. Se
junta con peña de la Mina ,
de Trajana y de la
Soller. Déjalo tranquilo primo… es por tu bien.
Capi sonrió con malicia mientras le daba dos sonoras tortas a Alan, de
esas que no duelen, pero sí pican.
-No querrás que volvamos a vernos, verdad?. –Y sin esperar una
respuesta, subió las escaleras pasando por su lado, seguido por Gigi. Los dos
chicos se adentraron en el gran almacén, dejando tras de si a un Alan
tembloroso y asustado.
En los escasos dos meses que le quedaban a Javi para finalizar aquel
curso, Alan no volvió a molestarle. A veces se cruzaban por casualidad en un
cambio de clase o durante la pausa de media mañana. Cuando eso ocurría,
mientras uno intentaba aparentar indiferencia, el otro bajaba repentinamente la
vista al suelo. Aquel desenlace no fue más que una extraña mezcla de suerte y
casualidad, pero Javi había conseguido exactamente lo que se había propuesto.
Vivir en paz.
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